CREMA SANTA MARIA DEL MAR


De Marès m'agraden les seves memòries publicades el 1977. En elles, apart d'un munt de informació sobre la seva passió pel col·leccionar, són impressionants les seves paraules sobre la guerra civil. Quan passejo prop de "la catedral del mar" no puc deixar de pensar en el que explica de santa Maria del Mar, va veure cremar l'església durant els 11 dies que va patir les ires revolucionàries i també va acceptar la oferta del president Companys per dirigir la restauració de l'església, sense sou i amb la garantia de poder actuar amb plena llibertat.

Aquestes són les paraules de Frederic Marès:

Me marcho corriendo hacia el barrio de la Ribera; al entrar en la calle Platería, ya veo las llamas que salen por el rosetón central y de sus campanarios, convertidos en chimenea, los penachos de humo…
Mirones, muchos mirones contemplan el espectáculo, frente a la puerta del Borne. Algunos, los menos, cada vez que se saca una imagen para arrojarla al fuego, esclatan en una ostentosa risotada histérica, acompañada de un palmoteo estúpido. Los más, silenciosos, humillados, despavoridos de terror, impávidos ante tanto sacrilegio, parece como si estuvieran presentes en un velatorio de difuntos.
Me marcho horrorizado, cuando un amigo, con quien tropiezo, me cuenta:
Acabo de hablar con el jefazo del grupo de incendiarios para ver de convencerles, de que se salvara la imagen de San Alejo del escultor Agustín Pujol, obra del siglo XVII, para llevarla al museo. Y el incendiario me pregunta: ¿Quién es este Alejo y este Pujol?, no los conozco… Pero todo fue inútil, sacaron la estatua y entre risas y aplausos fue arrojada al fuego … Lo más triste es quede todos los mirones sólo dos pretendieron ayudarme, los demás, por temor o, por lo que fuera, se hicieron el sordo.

La obra de desagravio de restauración del templo del barrio de la Ribera, iba a  dar comienzo: era el 20 de julio de 1938, o sea, dos años después, exactos de su profanación e incendio.
La Generalitat votó una cantidad para empezar las obras de limpieza, desescombro y adecentamiento, y estaba dispuesta a dar cuantas facilidades se creyera conveniente.
Al día siguiente … hicimos la primera visita de reconocimiento del templo. Y en plena visita las sirenas dan la señal de alarma, de bombardeo. ¡Bien empezamos, me dije!
Nuestra primera impresión no podía ser más desoladora, ni más deprimente. No quedaban rastro de los 34 altares laterales. Todo había quedado reducido a cenizas. Las tumbas del subsuelo de la iglesia, en número de más de cien, profanadas; los sarcófagos de algunas capillas, destruidos; las lápidas picoteadas bárbaramente. ¡Oh, la manía de los tesoros ocultos!
El fuego que invadiera el templo debió de ser pavoroso, terrible, por cuanto las llamas alcanzaron los puntos más altos de la bóveda, las claves, los aristones de las ojivas, las columnas, frisos y capiteles; por todos lados huellas indelebles del fuego implacable. La piedra de Montjuïc de gran resistencia a través de los años, tiene su punto débil en el fuego que la hace estallar como si hubiese recibido el disparo de una bala.
Gran parte de la nave central del templo se hallaba llena de montones de escombros: restos de madera chamuscados y ceniza del órgano, tribuna real y sitiales del coro quemados, y por todo su derredor más montones de desperdicios como latas de conservas, botellas, cacerolas y platos rotos, papeles grasientos, estropajos, en fin, los objetos más inmundos se encontraban allí; la abundancia de excremento humano, hacía suponer que aquello había sido refugio de gente nómada, desarraigada.
El espectáculo no podía ser más desolador y decepcionante para quienes conocíamos la historia del templo, su grandeza pretérita
…Pensar que el templo fue construido con la aportación voluntaria del pueblo. Que todos los ciudadanos, de todos los estamentos y oficios, aportaron sus horas extraordinarias: los faquines bajaron los bloques de piedra de Montjuïc que cediera Pedro el Ceremonioso de sus canteras; los albañiles, picapedreros, carpinteros, herreros, unos con su trabajo, otros con su óbolo, todo el barrio de la Ribera, al unísono, construía la fábrica del templo, a la mayor gloria de la Virgen del mar.
Siglos después, quienes se decían defensores del pueblo, incendiaban y destruían la obra que, piedra a piedra, había levantado la fe del pueblo.
(Frederic Marès, El mundo fascinante delcoleccionismo y de las antigüedades)