LA LLEGENDA DEL LLIBRETER ASSASSÍ



Al larg dels anys 1920 al 1924 Artur Masriera va publicar a La Vanguardia una sèrie de col·laboracions sota el títol de De la Barcelona ochocentista. En un d'ells, el 12 de juny de 1923 parlava DE LA LLEGENDA DEL LLIBRETER ASSASSÍ... una història que té el seu escenari evocador al carrer del Consolat de Mar on hi ha una part del que van ser les voltes dels Encants i dels Pintors.


<<Aunque el personaje y los hechos que se le atribuyen sean pura leyenda: como de la misma arranca la verdadera historia de la bibliofilia barcelonesa, hay que hacer el relato de lo que el vulgo creyó como verdad, para depurar ésta y estudiar aquélla. Además, desde el momento que la leyenda del librero asesino es objeto de estudioso comentario de parte de eruditos tan beneméritos como Ramón Miquel y Planas, quien acaba de leer en la Real Academia de Buenas Letras de esta ciudad una interesante monografía, estudiando el proceso de la invención del tenebroso personaje, es muy justo que nosotros recojamos el hecho y sus diversas derivaciones, que encajan perfectamente con los relatos más pintorescos e interesantes de la Barcelona ochocentista.



Empecemos por situarnos en el ambiente de época y localidad en que se suponen ocurridos la serie de crímenes que se atribuyen al librero asesino. Después de 1835 vino la exclaustración de los religiosos en toda España, y empieza la fabulosa conseja relatando cómo un monje de Poblet, llamado fray Vicente, ex bibliotecario de aquel cenobio cisterciense y muy inteligente en materias bibliográficas, debiendo abandonar su convento y biblioteca, refugióse, ya secularizado, en Barcelona, en donde, con mil privaciones y angustias, se procuraba toda clase de libros viejos, entre los que figuraban verdaderos tesoros y rarezas, y para su reventa abrió tienda en los antiguos y casi desaparecidos Arcos de los Encantes, frente a la casa Lonja

 

Tenía por vecino otro librero de viejo, llamado don Agustín Patxot, hombre versado en el negocio y que no vio con muy buenos ojos la aparición del nuevo rival en el mismo. El ex monje cisterciense, como conocía los rastros que debían guiarle hacia la fácil adquisición de aquellas rarezas bibliográficas que, procedentes de los extinguidos conventos, nadie como él sabía en qué manos estaban, pronto fue reputado por todos los bibliófilos como el mejor proveedor y el más inteligente de los mercaderes de libros. Contábanse maravillas de las obras raras que el nuevo tendero adquiría y vendía, y Patxot tuvo que resignarse a ver menguada su clientela y sus ingresos, ya qué casi todos sus clientes le abandonaban para ir a engrosar el número de los del ex monje de Poblet.


Así las cosas, éste se jactaba de poseer unas series de incunables manuscritos, documentos y códices tan raros, que representarían hoy una verdadera fortuna. Pero Vicente era algo más que un mercader de libros. Alentaba en él un espíritu de verdadero bibliófilo, que le hacía profesar un culto idolátrico al libro. Era un avaro del volumen por el volumen mismo, no viendo en él más que el valor de la rareza. Le ocurría que, al poseer un ejemplar rarísimo, para no desprenderse de él pedía precios exagerados, y si el comprador consentía y entregando el precio salía con el volumen, Vicente corría detrás de él, y, hasta llorando y suplicando, lo devolvía el dinero, pidiéndolo diese la venta por anulada. Algunas veces, si el comprador se hacía el reacio, le ofrecía mayor cantidad que la que él recibiera por la venta, y, si aún en estas condiciones el comprador no quería devolver el ejemplar, acudía al puñal, aprovechando la nocturnidad o la angostura de la calle. Y así se cuenta que en diversas ocasiones asesinó a un sabio alemán, a un sacerdote y a un literato, rescatando el libro y embolsándose el precio.



Sigue narrando la leyenda que todos estos crímenes iban quedando impunes, lo que en aquella época no deja de ser ya algo más verosímil. Pero todos vinieron a descubrirse por una verdadera providencia. Anuncióse una pública subasta (suponemos que en el extranjero) de varias rarezas bibliográficas, figurando entre ellas un ejemplar de los Furs e ordinacíons de Valencia, impresos por Palmart en 1482 que entonces se consideraba como el único conocido en todo el mundo. Tanto el librero Patxot como Vicente acudieron a la subasta, con ánimo de disputarse la adquisición de tal maravilla. El bibliómano de Poblet vendió a bajo precio casi todos los demás libros que tenía, recurrió a sus ahorros, pidió prestado, con tal de allegar una cantidad que le pudiese hacer dueño de aquel libro. La primera oferta fue de cincuenta reales, y los dos libreros rivales fueron pujando hasta llegar a una suma casi fabulosa, quedando al fin el libro adjudicado a Patxot, dejando a Vicente despechado y furioso.



Este, fuera de sí, maquinó una criminal represalia contra el triunfo de su rival. Dice Antonio Palau y Dolcet, en la introducción de su «Catálogo de libros de la Corona de Aragón» (Barcelona, 1915), que pocos días después de haber adquirido Patxot el codiciado ejemplar, Vicente se presentó de noche en el domicilio de su vecino, lo asesinó de una puñalada, hallándole dormido, se apoderó del libro y pegó fuego a la tienda. El crimen y el incendio promovieron grande indignación en Barcelona, y la justicia, conociendo las rivalidades que existían entre ambos libreros, buscó entre los escombros el ejemplar codiciado, y no hallándolo, practicó una indagatoria en casa de Vicente. Este, con sangre fría, negó toda participación en el crimen, e iba el juez a retirarse, cuando fijándose en un ejemplar del grande infolio: Directorium Inquisitorum, que Vicente tenía en la habitación, sacólo del estante, y de dentro del grueso volumen saltó otro más pequeño, que era el ejemplar de los Furs de Valencia, objeto de la pesquisa. Cogido en sus propias redes, Vicente cantó de plano, confesando su crimen.

Fue condenado a muerte. Durante su proceso, quiso el azar que se descubriesen otros ejemplares del libro de los Furs, y en vano el librero asesino vio y reconoció entonces la inutilidad de su crimen Y cuentan que, al ir al patíbulo, cuando el sacerdote le exhortaba al arrepentimiento, el librero sólo acertaba a responder:

—¡Y mi ejemplar no era el único!...



Todo esto constituye el relato legendario, que, históricamente, no goza de ningún valor ni crédito. El novelista francés Gustavo Flaubert fue el inventor de la patraña, relatándola en forma de cuento en 1835, cuando contaba solamente 15 años.

Más tarde, Julio Janin reprodujo y amplió el relato. Próspero Blanchemain fijó el 30 de octubre de 1836 como la fecha de la ejecución del librero asesino. Otros la fijaron en 1850. En las revistas francesas Le Livre (1879) y Toucheátout Í1908), en las italianas Bibliofilia, de Olschi, y en otra de Florencia de 1865, se trata del mismo hecho, fijándolo siempre en Barcelona. Todos estos datos son los que citan Miquel y Planas y Palau y Dolcet en sus respectivos trabajos, pero hay que aguardar que vea la luz pública el del primero, para que el lector curioso conozca y dé el Valor merecido a la leyenda barcelonesa del librero asesino.>>


ARTURO MASRIERA